1. UNA EPOPEYA INIMAGINABLE

En los años 1920 China no era del todo un país por derecho propio, sino el nombre genérico de una gran explotación colonial al servicio del imperio británico y las potencias occidentales. Para mantener sumisa a la población local, los europeos combinaban cañones y opio. La gran burguesía china ganaba más plata sirviendo a los amos coloniales blancos que tratando de convertir a China en una nación moderna y soberana. Por si fuera poco, el pueblo padecía el horror de tres guerras simultáneas:

  • Guerra de liberación nacional contra la dominación colonial europea.
  • Guerras fronterizas contra Japón, contra la URSS, y contra los separatistas tibetanos.
  • Guerra civil entre nacionalistas de izquierda y de derecha, que se disputaban el control político del país.

En medio de esa catástrofe, el Partido Comunista de China y el Ejército Popular de Liberación nacieron con el objetivo declarado de terminar aquellas guerras, poner fin al "siglo de humillación" de China frente al imperialismo occidental, y modernizar el país en condiciones de soberanía nacional y socialismo. Lograrlo tomaría décadas de grandes esfuerzos organizativos, ideológicos, políticos y militares, con sacrificios enormes e inmensos riesgos.

La historia de los revolucionarios occidentales es diferente. En Occidente la abolición del orden feudal y la edificación de estados-nación modernos no fue obra de intelectuales y revolucionarios marxistas, sino de las burguesías capitalistas coludidas con los viejos poderes.

Para reemplazar a la antigua nobleza, las burguesías occidentales no tuvieron necesidad de construir democracias populares. Les bastaba con edificar estados burocráticos que excluyeran a las masas trabajadoras y las sometieran eficazmente al despotismo del capital.

Por lo tanto, la izquierda nunca tuvo que plantearse el desafío de construir estados-nación desde cero. Su problema en cambio ha sido cómo liberar, democratizar, destruir o gestionar unos estados hechos a la medida del capital. Esta realidad hizo que las luchas de clases se desarrollaran dentro de un marco propicio para numerosas visiones contradictorias sobre cómo superar el capitalismo, sin que una posición pragmáticamente comunista logre hegemonizar el debate y la política de izquierda.

De ahí que a muchos izquierdistas occidentales les cueste imaginar la gesta épica del Partido Comunista chino, y no logran estimar sus logros. Esto les hace incurrir en el absurdo de darle a los chinos lecciones morales y políticas basadas no en la experiencia, sino en ideas abstractas tomadas de los libros que leen y de las hazañas que creen que ellos podrían realizar. Su lógica es: "vale, nunca hemos hecho una revolución, pero si tan sólo la Historia nos diera la oportunidad de hacerla, lo haríamos mucho mejor que ellos". En esa fantasía hay sin duda un tufo de supremacismo racial.

2. EXPERIMENTAR SIN MIEDO A EQUIVOCARSE

Tras vencer a los liberales y reaccionarios, proclamando victoriosamente la República Popular China en 1949, los comunistas liderados por Mao Zedong emprendieron audaces experimentos socioeconómicos:

  • Suprimieron los latifundios y repartieron la tierra entre los campesinos.
  • Iniciaron una economía centralmente planificada a través de planes quinquenales.
  • Industrializaron la producción de acero, carbón, maquinaria y energía, lo que les permitió expandir rápidamente la infraestructura de caminos, ferrocarriles, puertos y defensa militar.
  • Crearon grandes empresas estatales e iniciaron la colectivización del agro.

Para 1956 la mayor parte de la economía urbana era de propiedad estatal o colectiva, y el Partido Comunista pudo declarar que ya se había completado la transformación socialista básica de la propiedad. Este era el requisito para empezar a construir una sociedad en tránsito hacia el socialismo pleno.

En contraste, los izquierdistas occidentales han tenido pocas oportunidades para poner a prueba sus ideales. O han llegado a las crisis demasiado pronto, o demasiado tarde, y su fragmentación en muchas tendencias divergentes ha hecho que a sus esfuerzos les falte coherencia y bases firmes.

Complicados por sus ambiguas relaciones con un capitalismo pujante y con su propia herencia cultural, a menudo han desperdiciado las escasas oportunidades revolucionarias que se les presentan, entregándose a rivalidades internas, en vez de unir sus fuerzas contra el enemigo en común.

Cuando los marxistas en Occidente logran realizar experimentos socialistas significativos, éstos tienden a quedar acorralados y en una posición precaria, a veces sin apoyo ni de los propios izquierdistas occidentales, obsesionados con "criticar despiadadamente todo lo que existe" y siempre dispuestos a subrayar los defectos de esos experimentos antes que a valorar el hecho de que existan.

Esa "crítica despiadada" suele consistir en mero reproche moral disfrazado de análisis, y por eso los experimentos socialistas a gran escala en China, en la URSS o en otros países, se les aparecen como "fracasos": no se parecen a los ideales que ellos atesoran en sus magníficos cerebros.

La consecuencia de todo esto es que experimentar asumiendo el riesgo de equivocarse es algo que muchos izquierdistas occidentales ven con buenos ojos sólo cuando se lleva a cabo en un ámbito local o personal. Cuando tal empeño tiene lugar a gran escala, ellos no perdonan que el ensayo y error tengan consecuencias históricas.

3. APRENDER DE LOS ERRORES Y RECTIFICAR

En 1958 el Partido quiso acelerar la transición socialista, para lo cual impulsó la creación de miles de comunas populares que tenían un gran poder económico y social.

A esto se le llamó "Gran Salto Adelante".

En el proceso se cometieron errores económicos y técnicos que tuvieron consecuencias graves, lo que provocó una fuerte crisis política.

La Gran Revolución Cultural Proletaria (1966-1969) fue un intento del sector gobernante por mantener el control, ya que existía el peligro de una deriva "menchevique" como la ocurrida en la URSS tras la muerte de Stalin. Esto dio lugar a un intenso conflicto interno en el Partido y en la sociedad china, conflicto que duró toda una década.

Aunque Mao Zedong aprobaba la política pragmática de Deng Xiaoping y le dio a éste una posición de mucho poder, no quería que se hiciera un "borrón y cuenta nueva" tras el violento caos de la Revolución Cultural. Pese a todo, en 1976 el sector más pragmático del Partido, liderado por Deng, tomó el control de la situación.

El nuevo liderazgo priorizó el orden, la modernización económica y el desarrollo acelerado de las fuerzas productivas, como requisitos para una transición socialista a largo plazo bajo condiciones globales adversas.

Una cosa es corregir el rumbo manteniendo ese rumbo con el timón firmemente tomado, y otra muy distinta es reparar las consecuencias de un naufragio.

Durante el último siglo y medio los izquierdistas de Occidente han acumulado derrotas traumáticas, donde a menudo equivocarse significó su destrucción física. En este contexto, "rectificar" tiende a ser sinónimo de volver a empezar todo desde cero, recapitulando las mismas viejas visiones estáticas, las mismas controversias y rivalidades.

Se podría decir entonces que una parte no menor de la izquierda occidental vive en una especie de "eterna inocencia": no han conocido la maduración que proviene de la experiencia de ensayar, equivocarse y corregir el rumbo, manteniendo pese a todo una trayectoria bien definida. Por el contrario, para ellos "ensayo y error" suele ser sinónimo de naufragar y volver al punto de partida.

Esto hace que a la izquierda occidental le cueste conectar con sus propios momentos más brillantes y prometedores, sobre los que pesa siempre una sombra de duda. Y por esto mismo, le cuesta apreciar el valor de los errores y aprendizajes del socialismo chino. Sienten que si algo no sale como esperaban, solo les queda aferrarse a aquello que no funcionó.

Por eso muchos izquierdistas ven los errores del PCCh no como aprendizajes útiles, sino como pecados imperdonables, fracasos absolutos o evidencias de que todo el proyecto fue siempre un error. De ahí que, respecto de China, las opiniones políticas de muchos izquierdistas coincidan a menudo con la de los liberales de derecha, o con los objetivos del Pentágono.

4. JIÉ LÍ (借力): USAR EN PROVECHO PROPIO LA FUERZA DEL ADVERSARIO

En 1980 los líderes chinos captaban que la URSS no llegaría muy lejos, debido a decisiones políticas y económicas desastrosas. Jrushev había desacreditado por completo la mejor etapa de la transición socialista, al presentarse como salvador de la URSS frente a la "tiranía stalinista". Esa injuria erosionó gravemente la legitimidad del proyecto soviético. A continuación, los dirigentes rusos procedieron a descentralizar parcialmente la planificación económica sin proveer incentivos a la innovación o la rentabilidad, lo que provocó un estancamiento estructural crónico. Para 1980, la URSS tenía los días contados.

Con tal de evitar ese destino, los comunistas chinos iniciaron un proceso de "Reforma y Apertura" que facilitara una transición socialista ordenada, legítima, y dotada de una poderosa base económica y tecnológica. El momento Jié lí ocurrió en 1984, cuando el PCCh invitó a los capitalistas extranjeros a invertir en grandes proyectos industriales en 14 ciudades costeras de China.

Los inversionistas, cegados por la visión de grandes ganancias a corto plazo, corrieron a firmar contratos en los que se obligaban a compartir sus secretos tecnológicos. Occidente celebró la apertura china como evidencia del fracaso del socialismo, mientras los técnicos chinos aprendían silenciosamente a ensamblar y crear maquinaria y componentes electrónicos.

Saber emplear la fuerza del adversario en provecho propio cuando se está en desventaja, nunca ha sido un monopolio oriental, pero los occidentales lo olvidan con facilidad.

Puede que este olvido tenga algo que ver con el maniqueísmo que empapa hasta cierto punto la visión del mundo de Occidente. El maniqueísmo es un dualismo extremo, que está presente en el cristianismo y en la tradición hebrea, según el cual los opuestos son sustancialmente incompatibles y antagónicos: luz y oscuridad son tan absolutamente contrarias que de ninguna manera una de ellas podría asimilar elementos de la otra.

Esta cosmología ve la realidad como una horrible mezcla de luz y oscuridad, y postula que la salvación consiste en separar completamente ambas, hasta alcanzar el Reino de la Luz.

Esto implica que si en una confrontación uno de los oponentes asimila algo del adversario, esto simplemente significa que está siendo derrotado.

Por el contrario, la tradición marxista hunde sus raíces en las venas más dialécticas del pensamiento occidental, que fluyen desde Platón hasta Hegel y Marx, pasando por Aristóteles y Plotino, entre otros. En este hilo, la mutua determinación de los opuestos es algo tan constitutivo de la realidad misma, que el principio Jié lí de las artes marciales orientales no parece algo exótico, sino que es casi una obviedad.

Los izquierdistas occidentales quizás lo entenderían mejor si leyeran con atención a Marx y fueran más asiduos al dojo.

5. EL DINERO COMO ARMA DEL PUEBLO

En los años 90 la banca pública china dio a las empresas estatales enormes préstamos que nunca serían devueltos. Esto abrió un ciclo de crecimiento rápido, aumento de productividad, expansión tributaria, mayores ingresos fiscales, acumulación de ahorro y crecimiento del PIB, lo que permitió al Estado absorber las pérdidas sin comprometer los ahorros de las familias.

En 1991 la URSS había colapsado al abandonar bruscamente la planificación central en favor del neoliberalismo, generalizando la miseria y la desesperación, mientras una oligarquía mafiosa se apropiaba de las riquezas creadas por el socialismo.

El Occidente capitalista, por su parte, venía naufragando repetidamente en las grandes crisis económicas de 1981, 1987, 1991, 1995, 1997, y lo seguiría haciendo luego en las crisis de 2001 y 2008.

Mientras tanto, el Partido-Estado chino prosiguió su transición socialista manteniendo la planificación central, introduciendo reformas graduales, manteniendo el sector estatal, liberalizando quirúrgicamente algunas áreas, manteniendo un crecimiento acelerado y saneando su sistema bancario.

Precisamente por tratarse de una transición, el socialismo chino tenía que usar a su favor la economía dineraria, aún inevitable en esta etapa histórica.

En Occidente el gran peso inercial de la metafísica cristiana y hebrea vuelve a la izquierda -incluidos muchos marxistas- más propensa al juicio moral que al análisis dialéctico de las contradicciones sociohistóricas. Esto se revela especialmente en su relación con la economía y con el dinero.

A los marxistas occidentales les cuesta menos imaginarse la abolición ipso facto del dinero, los intereses materiales y el intercambio, que el sometimiento de las fuerzas económicas al servicio de un proyecto emancipador de largo aliento. Se imaginan que, una vez abolidos esos signos de corrupción moral del espíritu, las buenas relaciones comunitarias llenas de sinceridad y buena voluntad brotarán espontáneamente en el suelo de una austeridad monástica anhelada por todos. Ciertos "marxistas" han llegado a proponer que la revolución hará desaparecer no sólo el dinero y el intercambio, sino la producción material misma, reemplazada por el derrame lúdico de un amor fraterno generalizado.

Aunque esos sentimientos utópicos no son mayoritarios en la izquierda, el hecho de que existan señala una dificultad más o menos extendida para lidiar políticamente con los hechos crudos de la vida social. Quizás la rendición neoliberal de buena parte de la izquierda se pueda explicar no solo por la voluntad de traicionar o por la fuerza de los intereses arribistas, sino también por una incapacidad para imaginar usos emancipadores de las condiciones económicas dadas.

Imaginar tales usos requiere un alto nivel de abstracción subordinado a criterios políticos, lo que exige un entrenamiento intencionado y meticuloso. Sin este ejercicio, es imposible proyectar la formación de condiciones propicias a una transición socialista concebida a largo plazo.

6. MARXISMO AL PIE DE LA LETRA

En 1980 muchos expertos occidentales admitían que los pobres en China eran menos pobres que los del resto del mundo, pero para el PCCh eso no bastaba. Según su comprensión, el tránsito al socialismo requiere prosperidad material y altos niveles de desarrollo humano.

En esto, los comunistas no descubrieron nada nuevo. En efecto, Marx y Engels habían previsto mucho tiempo antes que el capitalismo no podría desaparecer antes que las fuerzas productivas hayan agotado sus posibilidades de desarrollo en el viejo sistema (Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, 1859).

Esto quiere decir que para reemplazar el capitalismo es obligatorio desarrollar una alternativa que sea más productiva que él, y no menos. Cualquier intento por sustituir este sistema sin ofrecer más bienestar a cambio de menos trabajo está condenado de antemano. Tratar de construir el comunismo sobre una base de escasez no haría más que reproducir la competencia (La ideología alemana, 1846); y tan sólo una muy elevada productividad puede dar "a cada cual según su necesidad" (Crítica del Programa de Gotha, 1875).

Siguiendo esta orientación, los comunistas chinos consiguieron en 2020 reducir la pobreza a menos del 7% y eliminar por completo la extrema pobreza en el país, según estándares del Banco Mundial.

Los marxistas occidentales tienden a un vicio intelectual que Roland Boer llama "profundidad desequilibrada": persiguen la hondura filosófica y analítica (y a veces la consiguen), pero a costa de ignorar los asuntos prácticos concretos. Esto, sumado a la búsqueda de originalidad individual a cualquier precio, pone su quehacer intelectual de espaldas a cualquier esfuerzo por construir una alternativa socialista real.

Estos hábitos se explican por las numerosas derrotas de los intentos revolucionarios en el siglo XX, que alejaron cada vez más a la intelectualidad marxista de la militancia obrera, hasta convertir el marxismo en un nicho académico con reglas propias. Esta deriva ha sido propiciada por el aparato cultural y de propaganda controlado por la CIA, como lo ha demostrado Gabriel Rockhill en sus investigaciones.

Esa autocomplacencia individualista contrasta con la actitud de los marxistas chinos, que postulan un sencillo criterio colectivo para discernir la validez de un análisis teórico: si responde a una necesidad práctica del pueblo en su lucha por superar el capitalismo, entonces es pertinente; si no, se puede prescindir de él sin que se pierda nada.

La propia formación social china en transición al socialismo, construida con esfuerzos monumentales durante décadas, da testimonio de esa manera de leer a Marx. Difícilmente podría ser refutada por un ejercicio intelectual hecho de espaldas a toda política militante real, por muy refinados que parezcan ser sus análisis. La verdad del pensamiento se prueba en la práctica.

7. DAR SOSTÉN MATERIAL AL COMPROMISO SUBJETIVO

Habiendo casi eliminado la pobreza, el PCCh busca hoy reducir la desigualdad, efecto inevitable del rápido crecimiento previo. Por un lado se empeña en reducir la desigualdad de ingresos, incrementando gradualmente las restricciones a la acumulación privada, y desde hace poco impulsando una política tributaria progresiva que contempla mecanismos de control de las fortunas incluso a escala internacional.

También se busca aminorar la brecha entre el campo y la ciudad, mediante la construcción de centros urbanos integrados en las dinámicas rurales ya existentes, mientras se emplaza una gran red ferroviaria de alta velocidad que une pueblos y ciudades en todo el país.

Estas son algunas de las formas en que, actuando directamente sobre la base material de la sociedad, el PCCh se ocupa de cuidar los aspectos subjetivos de la transición socialista. Si combate la corrupción no es por un sentido abstracto de justicia, sino porque la corrupción corroe la legitimidad del proceso. Si controla internet no es por amor a la obediencia ciega, sino para evitar que prolifere el "nihilismo histórico", principal amenaza contra el compromiso colectivo hacia el bien común.

Estos esfuerzos por fortalecer los pilares subjetivos de la transición socialista, a través de medidas materiales concretas, son materialismo dialéctico aplicado.

Por muy complejas razones, algunas de las cuales ya he sugerido aquí, a la izquierda occidental le cuesta aceptar que las ideas no valen de mucho cuando no están sostenidas por una correspondiente base material. De ahí su gran dificultad para entender el hecho obvio de que cuando casi todas las revoluciones proletarias han sido aplastadas en la mayor parte del mundo, una transición socialista limitada a un solo país o a pocos países debe necesariamente lucir como la transición socialista de China.

No es realista esperar que bajo estas condiciones históricas una transición limitada realice el comunismo en algunos años, y es ciertamente estúpido reprocharle que no lo haga. La superación de un modo de producción no es un asunto de voluntarismo mágico. Más bien cabe esperar que al cabo de casi un siglo una transición enmarcada por estas condiciones históricas apenas haya consolidado su etapa inicial.

Tampoco se puede exigir que, en un contexto global dominado por el imperialismo capitalista, una sociedad haga desaparecer como por arte de magia las formas básicas del capital (producción de mercancías, trabajo asalariado y acumulación), sin haber desarrollado las fuerzas productivas que estas formas han puesto históricamente en acción.

Una transición socialista limitada implica algo mucho más modesto, aunque no por ello fácil de conseguir: que el capital quede subordinado a la dirección política del proceso socioeconómico, quedando así los capitalistas individuales subordinados a la transición socialista, sin poder constituirse como clase social separada, y sin poder defender sus intereses privados usando medios estatales.

China muestra los efectos que un vuelco político y económico así de "modesto" puede llegar a tener: 800 millones de personas sacadas de la pobreza en cuatro décadas, expectativa de vida aumentada de 36 a 65 años para 1980, analfabetismo reducido de 80% a 20% y mortalidad infantil reducida de 250/1000 a 42/1000 para 1990, eliminación completa de la propiedad privada de la tierra, igualdad laboral de las mujeres, dominio indisputado en 37 de las 44 tecnologías más críticas de la actualidad, vanguardia global en generación de energía renovable y en superficie forestada, reducción del índice Gini de desigualdad en tiempo récord... y todo esto con un 95,5% de la población apoyando al partido gobernante, según datos de la Universidad de Harvard.

Para una parte considerable de la izquierda occidental, nada de esto importa mucho. Al juzgar un proceso sociohistórico concreto, no lo contrastan con las condiciones reales en que se desenvuelve, sino con las construcciones ideales del espíritu. Pero este idealismo no se limita a un sector de la izquierda, sino que se reparte homogéneamente por todo el espectro, desde el liberalismo progresista hasta la ultraizquierda anarco-trotskista y posmoderna, por igual.

Criticar ese rasgo de la izquierda es necesario, no porque la transición socialista de China deba recibir algún tipo de pleitesía, ni porque sea necesariamente un ejemplo a replicar al pie de la letra. Es necesario porque el desprecio idealista del socialismo chino expresa el defecto fundamental que ha llevado una y otra vez a la izquierda occidental hacia callejones sin salida trágicos: su propensión a fantasear y su falta de realismo histórico. ¿Coartadas para eludir las tareas colosales que la realidad le pone enfrente?



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