La Gran Ilusión
Vivimos bajo la maldición de eso que la historiadora Barbara Tuchman llama la “frivolidad belicosa de los imperios seniles”.
Chris Hedges
https://chrishedges.substack.com/p/grand-illusion
Vivimos en un mundo donde se puede hablar todo lo que se quiera de sutilezas internacionales y demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real, Jake, gobernado por la fuerza, gobernado por la fuerza, gobernado por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo que han existido desde el principio de los tiempos. — Stephen Miller a Jake Tapper en CNN, 5 de enero de 2026.
Quien quiera vivir, debe luchar. Quien no quiera luchar en este mundo, donde la lucha constante es la ley de la vida, no tiene derecho a existir. Tal dicho puede sonar duro; pero, al fin y al cabo, así es. — Adolf Hitler en Mi Lucha
El Estado fascista expresa la voluntad de ejercer el poder y mandar. Aquí, la tradición romana se materializa en una concepción de fuerza. El poder imperial, tal como lo entiende la doctrina fascista, no es solo territorial, militar o comercial; también es espiritual y ético... El fascismo ve en el espíritu imperialista —es decir, en la tendencia de las naciones a expandirse— una manifestación de su vitalidad. — Benito Mussolini en La Doctrina del Fascismo
Todos los imperios, al morir, adoran el ídolo de la guerra. La guerra salvará al imperio. La guerra resucitará la gloria pasada. La guerra enseñará a un mundo rebelde a obedecer. Pero quienes se inclinan ante el ídolo de la guerra, cegados por la hipermasculinidad y la arrogancia, ignoran que, si bien los ídolos comienzan pidiendo el sacrificio de otros, terminan exigiendo el autosacrificio. La ecpirosis, la inevitable conflagración que destruye el mundo según los antiguos estoicos, forma parte de la naturaleza cíclica del tiempo. No hay escapatoria. Fatalidad. Hay un tiempo para la muerte individual. Hay un tiempo para la muerte colectiva. Al final, con ciudadanos cansados ansiando la extinción, los imperios encienden su propia pira funeraria.
Nuestros sumos sacerdotes de la guerra, Donald Trump, Marco Rubio, Pete Hegseth, Stephen Miller y el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan “Razin” Caine, no son diferentes de los necios y charlatanes que extinguieron los imperios del pasado: los arrogantes líderes del Imperio austrohúngaro, los militaristas de la Alemania imperial y la desventurada corte de la Rusia zarista en la Primera Guerra Mundial. Les siguieron los fascistas en Italia bajo Benito Mussolini, la Alemania de Adolf Hitler y los gobernantes militares del Japón imperial en la Segunda Guerra Mundial.
Estas entidades políticas cometieron un suicidio colectivo.
Bebieron el mismo elixir fatal que Miller y quienes están en la Casa Blanca de Trump. Ellos también intentaron usar la violencia industrial para remodelar el universo. Ellos también se consideraban omnipotentes. Ellos también se veían reflejados en el ídolo de la guerra. Ellos también exigían ser obedecidos y adorados.
Para ellos, la destrucción es creación. La disidencia es sedición. El mundo es unidimensional. Los fuertes contra los débiles. Solo nuestra nación es grande. Otras naciones, incluso aliadas, son despreciadas.
Estos arquitectos de la locura imperial son bufones y payasos asesinos. Son ridiculizados y odiados por quienes están arraigados en un mundo basado en la realidad. Son seguidos servilmente por los desesperados y los marginados. La simplicidad del mensaje es su atractivo. Un conjuro mágico traerá de vuelta el mundo perdido, la edad de oro, por mítica que sea. La realidad se ve exclusivamente a través de la lente del ultranacionalismo. La otra cara del ultranacionalismo es el racismo.
“El nacionalista es, por definición, un ignorante”, escribió el novelista yugoslavo-serbio Danilo Kiš. “El nacionalismo es la vía de menor resistencia, el camino fácil. El nacionalista no se preocupa, sabe o cree saber cuáles son sus valores, es decir, los nacionales, es decir, los valores de la nación a la que pertenece, éticos y políticos; no le interesan los demás, no le incumben, maldición, son otras personas (otras naciones, otras tribus). Ni siquiera necesitan ser investigados. El nacionalista ve a los demás a su propia imagen: como nacionalistas”.
Estos seres humanos atrofiados son incapaces de interpretar a los demás. Amenazan. Aterrorizan. Matan. El arte de la política de poder entre naciones o individuos supera con creces su pequeña imaginación. Carecen de la inteligencia —emocional e intelectual— para lidiar con las complejas y cambiantes arenas de las antiguas y nuevas alianzas. No pueden verse a sí mismos como el mundo los ve.
La diplomacia es a menudo un arte oscuro y engañoso. Es manipulador por naturaleza. Pero requiere comprender otras culturas y tradiciones. Requiere penetrar en la mente de adversarios y aliados. Para Trump y sus secuaces, esto es imposible.
Diplomáticos hábiles, como el príncipe Klemens von Metternich, ministro de Asuntos Exteriores del Imperio austríaco que dominó la política europea tras la derrota de Napoleón, lo hacen mediante la elaboración de acuerdos y tratados como el Concierto Europeo y el Congreso de Viena. Metternich, poco amigo del liberalismo, mantuvo hábilmente la estabilidad de Europa hasta las revoluciones de 1848.
Me tocó informar sobre Richard Holbrooke, el subsecretario de Estado, mientras negociaba el fin de la guerra en Bosnia. Era grandilocuente y estaba alucinado por su propia fama. Pero enfrentó a los caudillos balcánicos en la antigua Yugoslavia hasta que accedieron a detener los combates —con la ayuda de aviones de guerra de la OTAN que bombardearon las posiciones serbias en las colinas que rodean Sarajevo— y firmaron los Acuerdos de Paz de Dayton.
Holbrooke sentía poco respeto por los diplomáticos que se entretenían en las salas de conferencias de Ginebra mientras en Bosnia 100.000 personas morían o desaparecían, se estima que 900.000 se convertían en refugiados y 1,3 millones eran convertidos en desplazados internos. Despreciaba a los comandantes militares que se negaban a correr riesgos. Detestaba a los líderes croatas, serbios y musulmanes a los que tuvo que acorralar para que firmaran el acuerdo de paz.
Holbrooke, cuyo estilo fanfarrón y erupciones volcánicas eran legendarios, dejó tras de sí egos heridos y colegas desairados y amargados. Pero sabía cómo engatusar y moldear a sus adversarios a su voluntad. Se le comparó, en una comparación poco halagadora, con el cardenal Julio Mazarino, el astuto prelado y estadista del siglo XVII que consolidó la supremacía de Francia entre las potencias europeas. «Adula, miente, humilla: es una especie de Mazarino brutal y esquizofrénico», declaró un diplomático francés a Le Figaro, refiriéndose a Holbrooke, durante las conversaciones de Dayton.
Cierto.
Pero Holbrooke, a pesar de su volubilidad, comprendía la interacción entre la fuerza y la diplomacia. Esta comprensión es esencial. Por eso las naciones tienen diplomáticos. Por eso los grandes diplomáticos son tan importantes como los grandes generales.
Los estados mafiosos no necesitan diplomacia. Por esta razón, Trump y Rubio han desmantelado el Departamento de Estado, junto con otras formas de poder blando que logran influencia sin recurrir a la fuerza, incluyendo el papel de Estados Unidos en las Naciones Unidas, la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), el Instituto de los Estados Unidos para la Paz —rebautizado como Instituto Donald J. Trump para la Paz tras el despido de la mayor parte de la junta directiva y el personal— y la Voz de América.
Los diplomáticos en estados mafiosos se ven reducidos al papel de recaderos. El ministro de Asuntos Exteriores de Hitler, Joachim von Ribbentrop, cuya principal experiencia en asuntos exteriores antes de 1933 fue la venta de champán alemán falso en Gran Bretaña, nombró a periodistas del partido, pertenecientes a las SA o a las Camisas Pardas —el ala paramilitar del partido—, para puestos diplomáticos en el extranjero. El ministro de Asuntos Exteriores de Benito Mussolini fue su yerno, Galeazzo Ciano. Mussolini, quien creía que “la guerra es al hombre lo que la maternidad es a la mujer”, posteriormente ejecutó a Ciano por deslealtad. El enviado especial de Trump a Oriente Medio, Steven Charles Witkoff, es un promotor inmobiliario, a menudo acompañado en misiones diplomáticas por el inepto yerno de Trump, Jared Kushner.
El filósofo italiano Benedetto Croce bromeó diciendo que el fascismo había creado una cuarta forma de gobierno, la "onagrocracia", un gobierno de burros rebuznantes, que se suma al tradicional triunvirato aristotélico de tiranía, oligarquía y democracia.
Nuestra clase dirigente, demócratas y republicanos, poco a poco, desmanteló la democracia. En Alemania e Italia, el estado de derecho también se derrumbó mucho antes de la llegada del fascismo. Trump, que es el síntoma, no la enfermedad, heredó el cadáver. Y lo está aprovechando al máximo.
“Creo que mantener nuestro imperio en el extranjero requiere recursos y compromisos que inevitablemente socavarán nuestra democracia interna y, a la larga, producirán una dictadura militar o su equivalente civil”, escribió Chalmers Johnson hace dos décadas en su libro Némesis: Los últimos días de la República Americana.
Allí advirtió:
Los fundadores de nuestra nación lo comprendieron bien e intentaron crear una forma de gobierno —una república— que impidiera que esto ocurriera. Pero la combinación de enormes ejércitos permanentes, guerras casi continuas, keynesianismo militar y gastos militares ruinosos ha destruido nuestra estructura republicana en favor de una presidencia imperial. Estamos a punto de perder nuestra democracia en aras de mantener nuestro imperio. Una vez que una nación emprende ese camino, entran en juego las dinámicas que se aplican a todos los imperios: aislamiento, sobreextensión, la unión de fuerzas opuestas al imperialismo y la bancarrota. Némesis acecha nuestra vida como nación libre.
El imperio estadounidense, derrotado en Irak y Afganistán —como lo fue en Bahía de Cochinos y en Vietnam— no aprende nada. Se lanza a cada nuevo fiasco militar como si los anteriores no hubieran ocurrido. Cree que no necesita aliados. Que gobernará el mundo.
Si ocupar Groenlandia destruye la OTAN, ¿qué importa? Si financiar y armar a Israel para llevar a cabo genocidio y bombardear Irán y Yemen aliena a grandes sectores del Sur Global y enfurece al mundo musulmán, ¿a quién le importa? Si invadir y secuestrar al presidente de Venezuela apesta a imperialismo yanqui, ¡qué va! Nadie más importa.
Las naciones que pisotean el mundo como King Kong se infectan con un virus mortal.
Johnson advirtió que si continuamos aferrándonos a nuestro imperio, como lo hizo la República Romana, "perderemos nuestra democracia y esperaremos con tristeza la derrota final que el imperialismo trae consigo”.
Lo que vendrá a continuación es la derrota, y con ella el colapso del desmoronado edificio del Imperio estadounidense. Es una vieja historia. Aunque para nosotros, y para la camarilla de subormales atrincherados en nuestra versión de la corte del Rey Ubu, será un golpe muy duro.